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De pronto quise salir, tome un colectivo y bajé hasta el mall
plaza, para muchos: el famoso chuloping. En el trayecto del colectivo
había un silencio incómodo, solo se escuchaba la pegajosa canción
de Kudai. En San Luis sube una pasajera, la comodidad del principio
queda atrás y la doy por olvidada. Nos detemos en un paradero,
¿cuál sería?, se baja la copiloto que tenía una cara sencilla
y tranquila. Seguimos nuestro camino al “chuloping”, ya eran casi
las 3:30 y el tiempo se me acortaba cada vez más. El colectivo
se detiene, era hora de bajar. Salgo, termino de cerrar la puerta,
suspiro y reviso que todo esté bien, me arreglo mi chaleco blanco,
me cruzo mi bolso puma y echo una mirada rápida a mis nuevas converse.
Camino con mi acompañante por dentro del supermercado, al llegar
al metro nos separamos, doy media vuelta y continuo mi camino.
Mi paso era firme y decidido, tenía claro donde ir y que hacer.
Mi postura era una mezcla de modernidad y soledad, en el fondo
sabía que estaba sola, pero intentaba disimularlo para no ser
presa de ningún seguimiento. Camino algunos metros detrás de un
trío de jóvenes sin un estilo definido, en sus caras se podía
ver que no solo estaban perdidos en el metro, sino que no tenían
idea que hacer con sus vidas. Me decido a adelantarlos y me encuentro
con un indigente que solo pedía una moneda para comer, quise darle
una, pero ¿tenía una moneda?... no a la mano y sacar mi billetera
llamaba demasiado la atención, es decir la niñita estaba sola
y con plata, era pan comido. p@üL! Sigo caminando y me encuentro,
a la derecha, con una escalera eléctrica, y a la izquierda con
una escalera común y corriente. Me decido por la izquierda, la
gente de la derecha hace una fila interminable por un poco de
comodidad. Mientras subo arreglo mi bolso puma y miro nuevamente
mis converse, pero también me doy el tiempo de mirar a la gente
que baja por mi izquierda, la mayoría tiene una cara triste, se
nota que piensan en otras cosas, y eso los distrae. La fila de
la derecha no avanza mucho. Camino un poco y detecto a mucha gente,
cada uno con su asunto, observo a un hombre con cara de… ¿malo?
Evito pasar por su lado, simple prejuicio, e intento llegar lo
más pronto posible al mall, ahí me sentiría segura. Mientras las
ganas de tomar un frapucchino aumentaban, abro la puerta y tomo
la escalera, no tenía idea hacia donde estaba caminando. Yo seguía
sin un rumbo fijo, trataba de mantener mi aspecto de seguridad
y compañía, era inútil, mi mirada delataba mi soledad. Llego a
la plaza central, “estaba lleno de rotos” como escucho algunos
fines de semana en la casa clase media de mi papá donde muchas
veces dominan los comentarios clasistas. Como sea, me logré ubicar
y una sensación de alivio invadió cada una de mis células. Camino
por un largo pasillo y llego a la tienda “Vox”, entro y las ganas
de tomar un frapucchino regresan, la verdad nunca se fueron. Me
dirijo al mesón y le pregunto a la vendedora si tenía ampolletas
par lámparas de lava, ¿qué clase de pregunta es esa? la verdad
es que suena muy raro, pero como esa era una tienda de cosas curiosas,
me sentí en contexto. La vendedora me dice el precio: $1800, saco
mi billete de 5 mil pesos y se lo entrego, después de todo no
podía pagar con el de 10. Abro mi bolso y guardo la ampolleta
en el bolsillo grande, mi billetera la dejo más a mano porque
sabía que la necesitaría después o, simplemente, por si aparecía
otro indigente. p@ül! Me devuelvo por el mismo largo pasillo,
esta vez me parece más corto. Llegué de nuevo a la plaza central,
pero no me fije en la clase social de la gente, eso me convertiría
a mí en la clasista. Mi próximo destino estaba abajo, esta vez
solo estaba la escalera eléctrica, aunque la otra opción era el
ascensor, ¿qué era más patético? Estaba a tres metro del starbucks
y el olor a café y a comentarios intelectuales ya se sentía. Entro
y estaba la vendedora conversando con unos amigos, me miran y
se van. La vendedora hace raspar su garganta y me saluda con un
tono amable, muy distinto al que usaba con sus amigos. Comencé
a analizar su doble personalidad al mismo tiempo que le pedía
un frapucchino moka blanco. Comienza mi espera mientras observaba
hacia fuera y escuchaba los intelectuales comentarios que venían
del segundo piso, esta cafetería era un mundo totalmente aparte,
tenía un estilo moderno, pero consiente. Mi análisis del entorno
se ve interrumpido, mi frapucchino estaba listo. Salgo de aquel
cómodo ambiente para enfrentarme de cara a la mediocre realidad.
Doy unos cuantos sorbos a mi café y camino hacia la salida. Paso
por un pequeño negocio y compro una tarjeta para recargar mi celular.
Me pareció que la vendedora no tenía muchas ganas de hacer su
trabajo, en fin, nos convenía a las dos que lo hiciera. Dejo mi
café en el mesón y saco 3 mil pesos, los dejo junto al frapucchino,
saco una moneda de 500 y le paso todo lo anterior a la señora,
me pasa la tarjeta. Ahora si me iba. Salgo por el cine abriéndome
paso entre la gente que hacían enormes filas para obtener su entrada.
Salgo hacia Froilan Roa, intento cruzar la calle, pero es imposible,
quedo esperando hasta que ya no venga ningún auto, no me importó
mucho la espera porque eso me daba tiempo para disfrutar de mi
frapucchino. p@üL! Cruzo la calle y llego a un pasaje desierto,
veo la hora en mi celular: eran las 3:55. Bajo la velocidad de
mis pasos, iba tranquila y el calor comenzaba a sofocarme, recurro
a mi refrescante café, unas burbujas se colaron por la bombilla.
Mi frapucchino se había terminado, y con él había terminado también
mi camino…
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